La paciencia, una virtud. La felicidad también

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Esta mañana tenía que llamar a un hermano que esta esperando una respuesta sobre un tema que llevamos en marcha. Como siempre estoy hablando, bien con alguna persona o bien conmigo, hasta en sueños, pues me ha venido el pensamiento que a continuación os lo voy a narrar en forma de cuento.

Hubo una vez un discípulo que le dijo a su maestro:

-“Maestro enséñame por favor el secreto para conseguir lo que quiero y ser feliz”.

-El maestro sonrió y le dijo: “Muy bien, te voy a dar un método que has de seguir.  Durante la primera etapa, un día antes, has de visualizar que sale el sol, y vas a ver si éste sale y, si es así le pides un deseo. Luego te vas a casa y meditas un poco. Cuando hayan pasado unos días, vienes y te contaré el resto del secreto”.

El discípulo, obediente a los consejos de su maestro, visualizó que salía el sol al día siguiente. Se levantó y fue inmediatamente a ver amanecer junto al mar.

-“¡Que bien! Ya está saliendo el sol, voy a pedir mi  deseo. Ahora querido sol te pido que me concedas tener una casa”. Como por arte de magia así se hizo. Al día siguiente pidió salir el sol y a éste le pidió tener mucho dinero y así se hizo. Pasó otro día y el discípulo salió esta vez más temprano, por temor a que se le hiciera tarde, también temía que no saliese pues tenía unas cuantas peticiones más; pero esta vez no salió. Decepcionado fue a su maestro, pues habían transcurrido ya unos días, a comentarle todo lo ocurrido.

El maestro a escuchar a su discípulo lo que había pasado, le dijo lo siguiente:

-“Como has podido comprobar, tenemos capacidad para atraer lo que queremos, pues somos parte de Dios. Al principio lo hiciste con entusiasmo, tu vibración era alta, por lo que la conexión a la Fuente era fluida y plena. Cuando no salió el sol, te decepcionaste pues tu motivo una vez más era pedir tu deseo diario, lógicamente esta vez no se te concedió, pero la Fuente estaba y el sol también”.

-“Pero si no lo vi”. Comentó el discípulo convencido de ello.

-A lo que el maestro dijo: “Porque estaban las nubes delante pero su presencia seguía allí. Tus peticiones eran materiales creyendo que te iban a dar felicidad. Cuando fuiste más temprano, el sol salió a la misma hora, pero vibraste con la impaciencia, también temías que no saliese y así fue. Cuando te vuelves impaciente ante el universo y te llenas de temor, te apartas de tu camino, tu vibración baja y no logras tener una buena conexión con la Fuente. En este caso, la aceptación ante ese nuevo día, esta vez nublado, es un regalo, pues también tiene su belleza, además del hecho de estar allí, presenciando el momento. También te puse a prueba para ver hasta qué punto eres agradecido con las dádivas que te da la Vida y, en ningún momento diste las gracias por tus deseos cumplidos; es más, ni tan siquiera por “haber nacido un día más”.

-“¿Entonces qué he de hacer?”. Preguntó el discípulo con cierto pesar por su comportamiento.

-“Cuando pidas, pide con entusiasmo a la vez que con desapego hacia lo que pides. Sé paciente, pues no siempre se te concederá cuando lo haces y por otro lado puede que no lo recibas. En este caso acepta los resultados amablemente, con amor y dando gracias. Hay veces que nuestras peticiones, aún con entusiasmo, no son del todo acertadas y la Fuente lo sabe. Otras veces esa misma Fuente nos pone a prueba para ver hasta qué punto somos pacientes, tenemos fe y podemos desapegarnos de la petición. Cuando pidas, hazlo para compartir, ello te hará estar en armonía con el Universo, pues hemos venido a este plano para ayudar y ser felices. Una vez conseguido este primer paso, verás que la felicidad viene sola, que es el resultado de un proceso de paciencia, aceptación y amor”.

-“Gracias maestro”, contestó afablemente el discípulo. “Ahora entiendo lo que me ha pasado y he llegado a la conclusión de que mi petición inicial no fue del todo acertada. Ahora siento que tenía que haberte pedido el secreto para estar en paz y ser feliz”.

Cuando nuestra vida es de entrega a los demás. Cuando somos pacientes y nos mecemos dulcemente con el viento que sople en ese momento, aceptándolo como tal. Cuando amamos y perdonamos. Nos convertimos en auténticos emisarios de Dios, fiel reflejo suyo. Trabajando estas virtudes en todo momento de nuestra vida, cuando nos llegue la hora de irnos al otro plano, estaremos en la estación y el andén correctos esperando de manera serena, en paz.

 

 

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